miércoles, enero 27, 2010

NUESTRO VECINO GERARDO APORTA SUS RECUERDOS... GRACIAS!!!

SEMBLANZAS Y RECUERDOS LEJANOS DE MI PORTEÑO BARRIO DE VERSAILLES

Me refiero a las décadas del 40 y principios de los 50 cuando el que escribe era un pibe de ese barrio. Un pibe común de barrio…

EL TRENCITO

¡Qué lindo era ver llegar y partir de la estación Versailles al “trencito”! Con apenas dos vagones, que mi viejo tomaba todos los días para ir a laburar al Centro.

Jugar, subir y bajar por esas rampas de madera que nos llevaba a los andenes.

Recuerdo, en una oportunidad, decía su encendido discurso el Dr. Alfredo Palacios, que estaba en campaña electoral e instaló su estrado en las veredas frente a la estación. Era en la calle Manuel Porcel de Peralta. Mucha gente del barrio fue a escucharlo y yo también, solito, que era un pibe y casi nada entendía de política, pero sabía que ese señor, ya bastante mayor, era un gran político y decía muchas verdades con su estilo, bigotes, atuendo y voz tan peculiares.

LA FIAMBRERÍA DE LOS POLACOS

Sobre esa misma calle Porcel de Peralta, antes de llegar a la principal del barrio, Arregui, en la vereda donde precisamente tenía la terminal el ómnibus 168 que hacía el recorrido Versailles/Retiro, justo en ese lugar había una fiambrería cuyos dueños eran unos hermanos polacos. Ese comercio, que tenía una importante clientela, especialmente los domingos por la mañana se llenaba de gente y había que esperar bastante tiempo para que te atiendan.

Precisamente, un domingo por la mañana, mi vieja necesitaba que yo le hiciera “un mandado” a la fiambrería, y me dice: “Negrito” (así me decían) andá a comprarme ésto a lo del polaco”… y me daba un papel escrito con la lista. Le contesto “sí mamá, pero voy en bici”

Vivíamos a cuatro cuadras de la fiambrería y mi viejo no quería que llevara la bici, porque sabía que había que dejarla en la vereda y me la podían robar. Pero como el viejo no se enteró, me la llevé igual.

Hago las compras y, cuando salgo de la fiambrería, veo, con desesperación, que mi bicicleta había desaparecido…En ese momento me invadió el miedo tremendo de enfrentar a mi viejo y decirle que su bici, (porque era una Raleigh inglesa, que había sido de él desde su juventud y que tanto apreciaba) me la habían robado… ¿cómo le explico?

Mi ocurrencia, fruto de mi desesperación, fue alucinante…y saco otra bicicleta que estaba allí, de otro cliente, y, obnubilado, la tomo para llevármela justo en el momento que aparece el dueño y yo sin saber qué decirle a este pobre señor, me apresto a recibir la lógica reacción que podía traducirse en violencia o, al menos, insultos merecidos.

Pero justo en ese momento, cuando ya se había juntado un grupito de gente por tal escandalete, veo aparecer por la vereda, a cincuenta metros, a mi viejo gritando que no me hagan nada, que había sido por querer “darme una lección” que él mismo se había llevado la bici cuando yo estaba dentro del comercio. Sin palabras… pero lo sigo queriendo al viejo, que ya no está, a pesar de todo.



LA PARROQUIA DEL BARRIO

Nuestra Señora de la Salud era la parroquia del barrio. Todavía no estaba hecho, en la esquina de Bruselas y Marcos Sastre, el edificio grande, el imponente de hormigón armado que vemos ahora. Era apenas un galpón de chapa y había un cura que movilizaba bastante al barrio: el padre Julio Meinvielle. Por ahora no quiero hablar de la orientación política de este inteligente cura que ya era famoso entre los intelectuales católicos por sus libros de orientación nazi/fascista.

Para nada concuerdo con esas ideas, pero reconozco fue un hombre que”hizo” el barrio con su ímpetu de querer hacer cosas para la juventud. Tengo entendido que fue quien incorporó a los “Boys Scouts” en Buenos Aires, ya que el Centro Scout Nº 1 fue, o es, el que funcionaba, o funciona en esa parroquia.

En el barrio, logró hacer edificar el nuevo edificio de la Iglesia, tal como la vemos hoy, con sus salones anexos. Y además fue el creador del Ateneo Popular de Versailles, en la calle Dupuy (luego Roma) mi club, que fue la institución social y deportiva más importante de Versailles.

Ninguno de mis hermanos (yo soy el más chico), ni mis padres, éramos asiduos concurrentes a la parroquia. La tradición socialista de mi padre (y anarquista de mi abuelo Vicente) hacía que fuéramos reacios a trasponer las puertas del templo católico ni tampoco a recibir sus sacramentos. Pero igualmente, varios de nosotros habíamos sido bautizados en la fe católica, a instancias seguramente de mi mamá, cuya familia tampoco era demasiado ferviente en su catolicismo.

Fui el único de los hermanos que tomó la primera comunión “como Dios manda”, pero fue más para copiarme de mis amiguitos del barrio, que casi todos lo hacían, y mi papá no puso ninguna objeción.

Recuerdo que para fomentar que los niños fueran a misa los domingos, al padre Julio se le ocurrió pasar películas en el cine del club, que estaba a dos cuadras de la parroquia y esas películas consistían, casi siempre, en esas antiguas series, muchas de ellas mudas, que se presentaban en capítulos, como las de Chaplin, Laurel y Hardy o Flash Gordon. En realidad, la exhibición de esas películas duraba pocos minutos, pero igualmente era tal el entusiasmo de los pibes por verlas que, una vez terminada la misa, salían todos corriendo en tropel, desde la parroquia al club, para no perderse la mejor ubicación en el cine. Recuerdo todavía el estruendo que producía esa carrera, al chocar los zapatos sobre las veredas. Claro, todavía no se había impuesto el uso de zapatillas. Yo tambien las presenciaba, pero me las rebuscaba para entrar sin que se dieran cuenta que no había ido a misa.

Otra costumbre de los curitas de la parroquia era organizar eventos entre el piberío, como el de las carreras de “cochecitos de carrera” con ruedas de rulemanes, donde un pibe conducía sentado con una cuerda con la que manejaba el eje delantero y otro detrás debía empujar corriendo (ése era el motor del auto). Las carreras se hacían en plena calle, por Bruselas, Marcos Sastre, Barragán, etc. Pero lo destacable, era que esos autos eran construídos por nosotros, los pibes, y para ellos pasábamos largas tardes en casa de alguno del equipo, para construir el “vehículo”.

Otra “diversión” eran las reuniones que se hacían en el terreno interno de la parroquia, creo los sábados por la tarde, donde el grupo Scout practicaba sus destrezas. Allí no solía ir, porque no era scout, pero un día fui invitado por un compañerito de colegio (de apellido Saullo) donde se hacían encuentros deportivos y entre ellos, de box. Y Saullo me calzó los guantes de box y me invitó a boxear. Lo único que recuerdo es que abandoné rápido porque mi amigo me pegaba trompadas con todo y me convencí que no era uno de mis deportes favoritos. En fin, los curas lograban su objetivo.